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Para Mamás

La verdadera razón de unos labios rojos

por Alida Werner

Hoy voy por un café!, me digo totalmente decidida tan pronto caigo en cuenta de que tengo un rato libre y sé que debo aprovecharlo. Me entusiasmo cual millenial que verá al chico que le gusta,  aunque mi cita no es con alguien más, si no conmigo misma, aunque tampoco estaré sola.

Lo primero: escoger un lugar niño-friendly  y así matar dos pájaros de un tiro. Me cercioro de buscar un espacio seguro donde mis pequeñas salvajes puedan correr libremente y gritar ahuyentando  a los espíritus que parecen poseerlas cada tarde cuando se sienten aburridas. Donde puedan espantar a las palomas, chanchitos, grillos, gusanos, perros, gatos y pericotes que se crucen en su camino, mientras yo las observo, estratégicamente ubicada a una distancia conveniente para poder fingir que no son mías si la situación lo amerita.

Sé que en algún momento correré para protagonizar a piratas malvados o a cerditos perseguidos por el lobo y me tocará revolcarme con ellas en la tierra; con suerte para ese momento habré tomado la mitad de mi café mientras aún está caliente, la otra mitad refrescará mi acalorada humanidad al final, a modo de IcedCoffee.

A veces me encuentro con otras como yo, y con una sonrisa sutil nos reconocemos como miembros de un mismo club. Cada sitio al que vamos, cada cosa que hacemos, requiere de una logística casi científica, de un diseño estratégico, pues salir de casa con dos niñas no es fácil.

Hasta para sacar a pasear al perro. A lo que debería ser algo rápido y sin preámbulos: llaves, bolsita, correa y lentes oscuros (siempre lentes oscuros) se suman por supuesto las niñas, que a su vez tienen otros planes: hacerse un peinado que tal vez sea una cola, pero que sea bajita mamá, no alta mamá, pero no encuentro mi vincha y la necesito porque si no no estoy lista, mamá. Y llevo mi carterita pero con el cuento que me leíste la semana pasada, ya mamá?. Y, puedo llevar mi scooter, mamá? Entonces yo mi bici, mamá. Mientras les recuerdo que solo llevamos al perro a dar una vueltita, y que para eso no hay que cambiarse los zapatos dos o tres veces porque no combinan con mi vestido, mamá. Aunque mientras echo llave reviso que mis uñas recién pintadas ya estén lo suficientemente secas.

También existen los cumpleaños infantiles en los que veo a esos amigos con los que solía toparme en largas y continuas noches de bares, y que ahora reconozco entre globos y gelatinas de colores. Y casi por terquedad, seguimos planeando esa salida que jamás se concreta.

Y cuando por fin los abuelos y sus pijamadas me rescatan de mi instinto maternal y me regalan la posibilidad de correr sin zapatos por las calles, de tomarme tres copas de vino, de bailar hasta que flote, tanta expectativa termina por hacerme pensar que igual la mejor opción sería mi cama y una peli. Finalmente me obligo a salir, porque es “saludable”.

Aún así cada día me invento la importancia de pintarme la boca de rojo apasionado, de usar aretes voluminosos, de unos tacos (aunque muera de dolor por la falta de costumbre), de soltarme el moño y llevar cartera de mujer moderna, una en la que siempre, y felizmente, encontraré la evidencia de quién soy en un zapatito de Barbie o en un peluchito sin cabeza mientras me brota una sonrisa inevitable.

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Alida Werner
Alida Werner
Artista plástica y educadora. Mamá de dos niñas y experta en panqueques y en picar manguito. Está comprometida en aprender a ser una buena madre. Para todo lo demás existe Google.