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Los orígenes del Día de San Valentín, con casi dos mil años de historia

por Sebastian Furfaro

Existe una historia sobre el Día de los Enamorados que dice que, en tiempos del emperador romano Claudio ll (268-270) estaba prohibido que los soldados del ejército imperial contrajeran matrimonio, se pensaba que los hombres libres de corazón, servirían mejor a Roma. Fue entonces que el sacerdote Valentín, desafiando la orden del césar, comenzó a unir en matrimonio, bendiciendo con el ritual cristiano, a los enamorados. A través de estas acciones, la figura de Valentín emergió como “protector” de los enamorados.

Cuenta la tradición que, al poco tiempo, el secreto llegó a oídos del emperador, quien, furioso, lo mandó a encarcelar. Asterius, su carcelero, era el padre de Julia, ciega de nacimiento. Este oficial romano puso a prueba la fe cristiana de Valentín -recordemos que esta religión estuvo perseguida por las autoridades del imperio hasta el siglo IV-, y le pide un milagro para Julia a cambio de su libertad. La leyenda cuenta que el milagro ocurrió: Julia tuvo ojos para ver la vida. Valentín se enamoró de ella y, antes de ser martirizado, le escribió una carta de despedida que terminaba diciendo “de tu Valentín”. El santo enamorado (según el relato) fue decapitado el 14 de febrero del año 270. En su memoria, Julia plantó un almendro de flores rosas que, desde entonces, es el símbolo del amor puro.

Los orígenes del Día de San Valentín, con casi dos mil años de historia

Día de San Valentín

Del desenfreno al día de los enamorados

En la antigua Roma, cada febrero se celebraban las fiestas lupercales, en honor a Luperco, dios de la fertilidad. Algunas fuentes revelan que, en esos días -que para los romanos era un tiempo sagrado- junto con los rituales de fecundidad, se practicaban orgías: hombres y mujeres por igual se entregaban a los placeres sexuales.

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Con la introducción del catolicismo, en el año 380, como religión exclusiva del imperio, empezó el camino de las persecuciones inversas y el comienzo del fin de las celebraciones paganas, que eran consideradas pecaminosas y excesivas para los preceptos del cristianismo. Así, la Iglesia necesitaba imperiosamente “cristianizar” las costumbres paganas.

El elegido para reemplazar estos festivales lupercales de febrero, celebrar el amor y el matrimonio fue el sacerdote Valentín. La fiesta de San Valentín fue declarada a fines del siglo V por el Papa Gelasio I, según la enciclopedia católica, ese día era el 14 de febrero.

Aunque en 1969 Pablo VI decidió borrar del calendario eclesiástico la celebración de San Valentín por considerarlo uno de los santos de origen legendario, en casi todo el planeta el día más romántico del año se sigue celebrando. Por su parte, hace unos años el Papa Francisco reconcilió a la Iglesia con el 14 de febrero, organizando un acto simbólico con parejas de todo el mundo para reivindicar el matrimonio.

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Cómo amamos en el siglo XXI

Desde El banquete, de Platón, en adelante, la filosofía y otras ciencias humanistas han debatido profundamente acerca del amor. A través del tiempo las sociedades construyeron diversas formas vivir el amor, según los condicionamientos culturales, religiosos y políticos.

Aunque ahora parezca incomprensible, la idea de amor romántico es una construcción tardía, del siglo XIX: hasta ese momento, las parejas, en su mayoría, no se casaban por amor, ni se elegían libremente, sino que estaban limitadas por condicionamientos externos, como mandatos familiares, religiosos, estatus social, casamientos arreglados o dentro de la propia comunidad donde vivían. El gran avance del nuevo modelo -el amor romántico- supone, en principio, que las personas son libres de elegirse mutuamente. Los ingredientes de este modelo son fáciles de reconocer: hay un descubrimiento, un flechazo como el de Cupido, un olvido del yo, una promesa de que el amor todo lo puede, una sensación de simbiosis -como en el mito de la media naranja-.

Para entenderlo en contexto, esta nueva manera de relación con el amor ocurre en el marco de una organización social en que la autoridad es ejercida por un varón, “jefe” de cada familia, lo que equivale a decir que es un romanticismo patriarcal. Así las cosas, las mujeres aprendimos a amar desde la base de la desigualdad entre hombres y mujeres. Nos enseñaron a respetar la libertad del hombre, no la nuestra. Esta cultura idealiza el amor femenino como un amor incondicional, abnegado y dependiente, identificado con la literatura principesca de los hermanos Grimm o de Christian Andersen.

En pleno siglo XXI, dejar de lado los mitos imposibles y limitantes es el camino hacia el amor que nos hace bien, hacia la libertad y el placer. No se puede reducir al amor solo a la pareja entre un hombre y una mujer porque existen muchas formas de relacionarse sexualmente y afectivamente. Muchas maneras de unirse, de amarse en la diversidad y en las distintas orientaciones. En definitiva, aprender los “signos del buen amor” puede ser un desafío amoroso y una gran manera de amar en el siglo XXI.

Por Patricia Lasca, profesora de historia.

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